Los seis cuervos rojos.
Transcurría la mañana
tranquila y faltaba poco para para almorazar.
La condesa Berglind
se debatía entre el sentido del deber y el sentimiento de culpa por haber
preparado las invitaciones sin decirla nada a Nives, que iba a llegar tarde al
aluerzo.
La condesa era la
tutora de la princesa desde que sus padres fallecieron
Ella no dejaba de
recorrer el salón de banquetes observando la mesa de basalto negra, el viejo
reloj…
Con los años, la
aristócrata no se había acostumbrado a la genial arquitectura de Arcándida, las
paredes de hielos con adornos delicados, los muebles de piedra… todo muy
armonioso.
La condesa contempló
embelesada los movimientos que creaban los rayos del sol al filtrarse por las
paredes. Pensó en Nives.
La había criado y se
sentía muy unida a ella pero lamentaba tener que obligarla a casarse, pero lo
hacía pensando en su bienestar.
Rápidamente se
dirigió a la cocina donde supuestamente el almuerzo debía estar listo.
En la cocina había
una tarta de manzana y pera que el pingüino Once contemplaba como si se tratara
de una de las hadas del bosque.
Arla y Erla amenazaron
a Once de que no se la comiera y el camarero pingüino retrocedió de inmediato.
Once siempre
<<probaba>> los platos de las cocineras y en más de una ocasión loa
había destrozado.
En el momento en que
Arla preguntó por las patas un fuerte chasquido alarmó a las mujeres y oyeron
un batir de alas.
Las cocineras
gritaron. Elrla se escondió bajo la mesa, Ar estaba con las manos en la cabeza
y Once estaba inmóvil junto a la puerta. Seis cuervos rojos irrumpieron en la
cocina y la convirtieron en un auténtico desastre.
Once, a petición de
Erla, fue a pedir ayuda, tropezando muchas veces. Uno de los cuervos lo siguió
y luego desapareció en los pasillos de Arcándida.
Al final, el pingüino
tropezó con la condesa Berglind, intentando explicarle a trevés de la mímica lo
que estaba pasando hasta que, por fin, la condesa lo comprendió: ¡Calengol u
sus cuervos rojos estaban en el palacio!


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